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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 31:
Rafael Sánchez Ferlosio, el triunfo de la lenguaLas páginas que a continuación agrupamos en torno a la labor de Rafael Sánchez Ferlosio parten de una constatación y se arrogan una libertad o privilegio. La constatación es sencilla y hace referencia a la calidad de su obra y la extraordinariedad de su quehacer intelectual: se trata, como es ya evidente para muchos, de una obra de excepcional importancia y singularidad, y su enjundia y acierto en la escritura y su tino en el discernimiento, además de la honestidad intelectual que funciona como fuelle de su forja, nos lleva a querer celebrarla y llamar con esta celebración a su lectura. Y la libertad que nos arrogamos es la libertad de entrar y salir, de frecuentar y proponer su obra y su taller a nuestro albedrío, sin seguidismos ni adulaciones, sin academicismos ni ideologías. Tal “arrogancia” no obedece a nada o bien obedece a puro capricho, a puro deseo de disfrutar con la escritura y el pensamiento de Sánchez Ferlosio y de aprender en ellos, de tratar de aprender y aprovechar, ahondar y dialogar con ellos y manifestar y extender su valor, lo que allí hemos visto y oído, a otros. Esa libertad, como a lo mejor todas las libertades, produce también sus molestias, y al primero que hemos molestado es al dueño del taller, o mejor, al maestro en su taller, obligándole a enseñarnos algunas de sus herramientas, de los procedimientos o modalidades de su trabajo e incitándole a que nos indicara incluso su historial, lo que él ha hecho con toda generosidad pero no por ello menos a regañadientes. De esta forma Sánchez Ferlosio ha escrito unas páginas incluso autobiográficas por las que quién sabe si nos aborrecerá toda la vida. De lo que sí estamos seguros es de que los lectores las agradecerán durante el mismo período. Como niños consentidos y curiosos hemos querido entrar en el taller del maestro e invitar a entrar a los lectores, hemos echado mano de sus herramientas, enredando con ellas y utilizándolas, y hemos apreciado y desmontado sus obras. Pero con esa obra de crucial negatividad y las peculiares herramientas, tonos y registros de su carpintería uno puede embelesarse, mirarla como mira un turista un museo de arte —“comme c'est jolie!”, “c'est superbe!” (esto hay que decirlo en francés) o “¡eso es un tío!” (esto en lengua del país pero con áspera convicción izquierdista o pseudotaurina)— y también puede uno hacerse daño —pillarse un dedo, saltarse un ojo o hacerse un corte, ¿cortársele a uno la risa?, ¿herirse donde más le duele a uno? Nosotros proponemos sencillamente ponernos a leer, a escuchar, con una honestidad e inteligencia con la lengua que, aquí sí, intente remedar el caletre del maestro, ponernos a disfrutar y trabajar atentamente con la escritura y la forma de pensar de Sánchez Ferlosio. Aquí no estamos pues para echar flores ni piropos, aunque tampoco para andarnos con racanerías de estrechos o adeptos solamente de sí mismos bajo capa de no adulación del nombre propio. De entrada queda dicho: Sánchez Ferlosio es la designación para nosotros de una obra excelente y peculiar, y aquí y con ella nos hemos juntado a torear y ver buen toreo. Pero torear se las trae, y más cuando hay casta, así que vamos a ver si, ante la afición que convocamos, señalamos por lo menos buenas maneras, apuntamos perspectivas, líneas de pensamiento, críticas y diálogos con la obra, problemas y excelencias. Abre plaza GONZALO HIDALGO BAYAL (La condición singular de Ferlosio), que señala para abrir boca la singularidad del escritor y su tarea, deteniéndose en especial en dos de sus características, la “lealtad lingüística” y la “proporción de contrarios”, y realizando un recorrido por alguna de las “inevitables oposiciones binarias” que jalonan el pensamiento de Sánchez Ferlosio. FERNANDO SAVATER (Ferlosio en comprimidos) inicia su brillante y jugosa faena con un reproche de prolijidad y farragosidad a algunos de sus escritos, al hecho de que se dirijan a los ya seducidos, o mejor, a los implicados o cómplices, para a continuación cambiar de tercio y mostrar su predilección por los momentos de su escritura que condensan la fuerza y la hondura de su razonamiento en breves períodos de expresividad fulgurante, joyas verbales engastadas entre sus interminables indagaciones que aspiran a decirlo todo, “aciertos teóricos” extraordinarios o “dianas verbales” imponentes que no sólo compensan el esfuerzo de la lectura sino que suponen un auténtico alimento y regodeo intelectual. Tras afirmar que no existe una ideología ferlosiana, sí descubre una “perspectiva propia y reconocible”, una óptica intelectual que reposa en su “disposición antagonista” y su rebelión contra la eficacia, y abre un estimulante y fecundo diálogo con esa vocación negativa. AURELIO ARTETA (El criterio de misericordia) trenza con Sánchez Ferlosio una amistosa y apasionante disputa sobre el tema de la compasión, y de la compasión que segrega una concepción crediticia en particular. Considera Arteta a la compasión —y su doble, la indignación— como pasiones propias de la justicia y esa pasión justiciera como una misericordia impura, ciertamente, pero necesaria que hay que vigilar a su vez y estimular, pero cuyo rechazo so pretexto de impureza o temor a sus coletazos no haría sino contribuir a consagrar y aceptar el dolor y la dominación. Sin embargo establece otro tipo de compasión superior, universal y desesperada, la que brota ante la víctima sin parar mientes en su inocencia o culpabilidad, que se aparta de la piedad religiosa y encarece la pasión de justicia. ROSA ROSSI (Teología y espiritualidad en los escritos de Rafael Sánchez Ferlosio) realiza a continuación una cala en la “espiritualidad” de los escritos de nuestro autor, en su utilización de la cultura teológica y la experiencia religiosa, y JOSÉ LUIS PARDO (El concepto vivo o ¿dónde están las llaves? Ensayo sobre la falta de contextos) vislumbra en la obra de Ferlosio una nueva reformulación de las relaciones entre metáfora y concepto, entre literatura y filosofía. Sánchez Ferlosio espabila ambas nociones con un fuelle argumentativo que insufla un aire de lucidez que enseguida saca llama. Una llama que con igual lucidez aprovecha Pardo, que escarba en el tesoro de las reflexiones ferlosianas sobre el lenguaje y arranca del ensayo “Sobre la transposición” para entrar con especial tino teórico y estilístico en el desarrollo y la discusión de las extraordinarias distinciones que allí se establecen. Con el escrito de DANILO MANERA (Animales, piedras y un robo) nos adentramos en la obra más propiamente narrativa de Sánchez Ferlosio. Manera nos introduce a sus textos breves de ficción, cuentos y fábulas muchos de ellos olvidados, desperdigados o perdidos en números de revistas de difícil acceso o engarzados en alguno de sus libros, para en un determinado momento hacer un quiebro y contarnos el relato del robo para nuestra revista en la casa madrileña del escritor de un pecio a Ferlosio, del extraordinario texto que sigue a continuación. El peso de la Historia, de RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, narra una extraña visita a una ciudad y la conmoción y el sobrecogimiento por el estupor sentido ante el peso de la Historia. Una muestra, un atisbo —un acontecimiento, dada la discreta ración a la que nos tiene— de lo que, narrativamente, los lectores hemos perdido, aunque haya retazos fulgurantes aquí y allí en toda su obra, con el inquietante silencio narrativo del autor de El Jarama. El novelista JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO (La desmesura del narrador), al hilo de una historia de viajes y casualidades, ahonda en la ausencia que supone, para los lectores y tal vez para “la literatura actual en español”, ese silencio narrativo de Sánchez Ferlosio, entendido como falta de publicación de obras normalmente entendidas como narrativas, como la mítica, incompleta, inédita y tal vez incompletable pero no por ello menos recurrente en conversaciones y alusiones de amigos y conocidos “Historia de las guerras barcialeas”. Pero Fernández de Castro también acaba dando un giro, para afirmar que todo lo que nuestro autor escriba será siempre la obra de un narrador. ELIDE PITTARELLO (El saber de Alfanhuí) realiza un riguroso e iluminante recorrido por las páginas del Alfanhuí, poniendo de manifiesto la especificidad del discurrir de su protagonista, de su deambular por “las latencias sensibles que la razón dominante ha expulsado” y las “representaciones inauditas de su pensamiento salvaje”. Revela cómo el aprendizaje y las correrías vitales de Alfanhuí se sitúan en el reverso de la conducta del hombre de la ciencia y la técnica, que rechaza lo que es incapaz de calcular y dominar, y del lógos nihilista “que fabrica coherencias a fuerza de exclusiones”. Sus andanzas y sus industrias están fuera de la órbita del provecho mercantil o de la idea de progreso, en ellas todo lleva en sí mismo su propio fin y los resultados de sus investigaciones ni se divulgan ni se explotan, con ellos sólo se reanuda una marcha. El último texto de RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, La forja de un plumífero, no requiere presentación ni ponderación ninguna. A uno le basta iniciar la primera línea y lo único que deplora es que tenga que acabar, es más, que sepa en todo momento que se trata de unas cuantas páginas pedidas por una revista y que por lo tanto no hay más donde poder seguir esa lectura. La primera parte contiene una narración biográfica, luego viene un relato de sus etapas literarias y una serie de enjundiosas consideraciones y reticencias literarias. Tras unas meditaciones de excepcional envergadura sobre la lengua y las lenguas literarias, finaliza con uno de sus temas predilectos, “carácter y destino”. Una amplia muestra del valor de su escritura y su pensamiento y un auténtico regalo para lectores nuevos y viejos del —vamos a decirlo en voz baja para que no se entere— gran escritor que es Rafael Sánchez Ferlosio, un verdadero triunfo de la lengua Visita la página de Suscripciones y Pedidos. Suscríbete, suscribe a un amigo o pide la colección completa de la revista. |
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