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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 40:
Algo decisivo y fatal que se eleva entre dos milenios
Carta a Reindhart von Seydlitz, del 12 febrero de 1888Archipiélago dedica su primer número del año 2000 a Nietzsche. La ocasión de esta dedicatoria, aparentemente banal, hace coincidir el centenario de la muerte de Nietzsche (el 25 de agosto de 1900), que se celebra este año, con el comienzo del tercer milenio —ese pormenor simbólico de reemplazar un “uno” por un “dos” en nuestros cómputos del tiempo. “Banal” si se quiere —pero sólo aparentemente, pues para nadie tuvieron nunca tanta significación esos festejos del tiempo, esa fascinación del calendario, como para el propio Nietzsche. Desde su más temprana infancia, siempre acude a la cita de sus cumpleaños, los aniversarios de la familia y los amigos, los san Silvestres y las fiestas de Año Nuevo. Envía cartas, compone canciones y poemas dedicados. Él mismo nace (el 15 de octubre de 1844) bajo el signo de una festividad de aniversario: “Te llamarás, hijo mío, sobre la tierra, Friedrich Wilhelm, en recuerdo de mi benefactor real, el día de cuyo cumpleaños naciste”, pronuncia solemnemente su padre el día de su bautizo. Pero, aún más hondamente, ese sentido de las fechas, a la vez recapitulación y renovación, séptimo día de la Creación y nueva mirada arrojada sobre el mundo, es la cuna de la que brotará lo que Nietzsche considera su pensamiento abismal, el pensamiento del eterno retorno: un pensamiento destinado a partir en dos la historia de la humanidad. La Hora del Gran Mediodía. Contra el espíritu de venganza y el resentimiento hacia al tiempo, —Amor fati es el propósito de Nietzsche para el año nuevo, aforismo con el que se abre el libro IV de La gaya ciencia, elocuentemente titulado “Sanctus Januarius”. Toda su obra quiere ser un canto de afirmación y gratitud a la vida —aun en el dolor y por el dolor, aun en la enfermedad y por la enfermedad. Y en el exergo de Ecce homo, esa ópera bufa que sirve a la vez de presentación y despedida, comenzada el mismo día en que cumple su año cuarenta y cuatro, escribe: “En este día perfecto en que todo madura y no sólo la uva toma un color oscuro, acaba de posarse sobre mi vida un rayo de sol: he mirado hacia atrás, he mirado hacia delante, y nunca había visto de una sola vez tantas y tan buenas cosas... ¿Cómo no habría de estar agradecido a mi vida entera?”. Tiempo, por consiguiente, para “repetir” o “festejar” al propio Nietzsche, pensador póstumo o intempestivo, pensador que, saltando por encima de este siglo de guerras como nunca las había habido, según su ominoso pronóstico, proyecta su alegre mensaje hacia el tercer milenio... Pero siempre quedará el enigma de ese último año de escritura frenética, el scherzo sarcástico y la disonancia patética del último acorde, la “solución cómica” y el mutismo final, la demencia y los 11 años del largo epílogo, las manipulaciones desvergonzadas y los contrasentidos sangrientos. ¿Es posible aún, y a pesar de los horrores de los 100 años transcurridos, gritar de nuevo Da capo! —sin que esa otra palabra, “Kapo”, que resume la mezquindad y la bajeza de los amos del mundo, venga a turbar la soberanía de ese instante? ¿Puede oírse todavía, o de nuevo, su voz entre las rejas del sombrío cliché político que la tiene secuestrada? ¿Y a través del tópico escolar que ha acabado por asfixiarla bajo un siglo de fastidiosos comentarios? ¿Qué otro uso puede hacerse de Nietzsche hoy día? ¿Y cuántas auroras todavía nos tiene reservadas? Su última palabra, ¿no reclamaba acaso ya, contra la insensatez de las patrias y la rabia nacional, otra manera de hacer Europa? ¿Nosotros los buenos europeos, es decir, extraeuropeos incluso? Y aún más: ¿Nosotros los sin patria, los chandalas, los parias del nuevo mundo? Visita la página de Suscripciones y Pedidos. Suscríbete, suscribe a un amigo o pide la colección completa de la revista. |
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