CARPETA Nº 54:
CORNELIUS CASTORIADIS. IMAGINACIÓN CREADORA, AUTONOMÍA, REVOLUCIÓN
Spinoza decía que “no se trata de juzgar, detestar o burlarse,
sino de comprender” y Nietzsche le respondía amablemente que
conocer es precisamente esas tres cosas a la vez. Esta carpeta de Archipiélago
quisiera contestar en el mismo tono y sentido a Cornelius Castoriadis cuando
decía, a propósito de Hannah Arendt, que “no se honra
a un pensador alabándolo y ni siquiera interpretando su trabajo,
sino discutiéndolo, manteniéndolo vivo y demostrando por los
hechos que ese autor desafía el tiempo y conserva su vigencia”.
Por tanto, nos hemos propuesto divulgar, interpretar, discutir y celebrar
a la vez la obra inmensa de Castoriadis (psicoanalista, filósofo,
economista, militante revolucionario, etc.), justo cinco años después
de su fallecimiento. Un pensamiento que nos enseña algo fundamental,
en filosofía, en política: a no perder el tiempo.
Castoriadis rumió una y otra vez los mismos temas fundamentales,
los mismos motivos esenciales: la voluntad de autonomía, la democracia
ateniense, la imaginación creadora, Freud, la revolución húngara
de 1956, Aristóteles, Mayo del 68, etc. En efecto, ¿por qué
habría debido gastar un segundo de su tiempo inmiscuyéndose
en alguna de las mil polémicas autorreferenciales entre capillas
académicas o corrientes de moda en lugar de dedicarse plenamente
a elucidar las exigencias más profundas que han atravesado las luchas
revolucionarias desde hace dos siglos? ¿Acaso hay alguna tarea filosófica
o política más urgente, inmensa y apasionante que la de librarse
de todas las humillantes tutelas (psíquicas y materiales) que mantienen
a los seres humanos en una eterna minoría de edad?
¡Y qué cantidad de paja apartaba Castoriadis al pasar por
ese camino, demasiado preocupado siempre por el grano más duro de
la historia del pensamiento como para hacerlo cortésmente! ¡Qué
cantidad de nubarrones teóricos impuestos por atmósferas poco
saludables se disipaban inmediatamente cuando el pensamiento de Castoriadis
brillaba con su luz habitual! El nubarrón del marxismo ortodoxo impuesto
por la atmósfera estalinista, el nubarrón del postmodernismo
y el pensamiento débil impuesto por el neoliberalismo, etc. En definitiva,
todos los nubarrones que pretendían velar de una vez y para siempre
la cuestión de la verdad en el ámbito de la sociedad y la
historia (decretando zanjada la cuestión por imposible o ya resuelta).
El pensamiento de Castoriadis estuvo siempre animado por una pasión:
ser el desarrollo y la prolongación teórica de la experiencia
que hacen los hombres y las mujeres que buscan dignidad y autonomía
diariamente. Y tuvo la inmensa suerte de ver cómo los muros de París
(y algunos otros sitios) amanecieron un día de la primavera del año
68 tatuados de consignas extraídas directamente de la legendaria
revista que dirigía, Socialismo o Barbarie. La aspiración
más alta del pensamiento, “hacerse cargo de la totalidad de
lo pensable”, coincide así necesariamente en Castoriadis con
la humildad intelectual más franca: no es en los libros donde se
encontrarán las respuestas a los problemas histórico-sociales,
sino en la creación efectiva de formas y sentidos en y por la actividad
humana, en la creatividad de la historia. La mismas formas de mirar, los
paradigmas teóricos, nacen en y por la imaginación creadora
de la gente.
Chesterton decía que para soportar los excesos de Dickens tendríamos
que entender, siquiera en parte, su “hilaridad ilimitada y […]
suprema confianza en los hombres”. Ocurre lo mismo con Castoriadis:
para entender sus excesos (por ejemplo, sus mayúsculos desprecios
o bien su ahínco obstinado en la posibilidad revolucionaria), hay
que entender la suprema confianza que ponía en la imaginación
creadora del ser humano como abridora de mundos y la risa infinita que le
provocaban los callejones sin salida a los que conduce la asunción
resignada de las ideas dominantes.
Este número, literalmente, no habría podido ver la luz sin
la participación activa y entusiasta de Zoé Castoriadis, Enrique
Escobar, David Ames Curtis, Rafael Miranda y Jordi Torrent Bestit, que comparten
con otra muchísima gente una disposición de ánimo que
es prácticamente la única condición necesaria para
leer a Castoriadis: “Todo lo que podamos decir será inaudible
si no se ve primero en ello un llamamiento a una crítica que no sea
escepticismo, a una apertura que no acabe en el eclecticismo, a una lucidez
que no paralice la actividad, a una actividad que no se transforme en activismo,
a un reconocimiento de los otros que siga siendo capaz de vigilancia; la
verdad que está ahora en juego no es posesión, ni reposo del
espíritu junto a sí mismo, sino movimiento de los hombres
en un espacio libre, del que hemos intentado señalar algunos puntos
cardinales”. Esperamos que esta carpeta señale también
algunos puntos cardinales de la obra de Cornelius Castoriadis, Corneille
para los amigos.
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