CARPETA Nº 55:
PROPIEDAD INTELECTUAL Y LIBRE CIRCULACIÓN DE IDEAS: ¿DERECHOS
INCOMPATIBLES?
Aunque últimamente no paramos de escuchar noticias y declaraciones
sobre la piratería, el plagio, los cánones sobre fotocopias
y CD-Rs, Napster e iniciativas hermanas, el top manta,
la biopiratería, los medicamentos genéricos o el software
libre, el debate sobre propiedad intelectual y libre circulación
de ideas no está encima de la mesa. Sobre el tapete, en
realidad, lo que domina el terreno es un bombardeo mediático incesante
que pretende asociar toda iniciativa que estimula la compartición
de saberes con los piratas que asaltaban barcos y desvalijaban a sus pasajeros.
Un bombardeo que nos impide escucharnos unos a otros y pensar juntos qué
hay detrás de las evidencias que se intentan imponer por simple repetición.
Pero el mar no está tan en calma ni las ideas son tan claras como
algunos querrían o creían: en las corrientes más profundas
de la materia social se está preparando un verdadero maremoto que
amenaza con llevarse por delante todas las legislaciones restrictivas en
materia de propiedad intelectual e industrial.
Archipiélago ha decidido sumergirse como un Nautilus para
detectar lo que está en juego realmente en el fondo de todo este
contencioso sobre el copyright y la libre circulación de ideas. Ha
encontrado argumentos y experiencias que merecen debatirse en los espacios
públicos sin el ruido de las bombas de racimo mediáticas y
sus efectos devastadores sobre nuestra capacidad de razonar.
La digitalización ha cambiado por completo el contexto tecnológico
que vio nacer el copyright como forma de proteger las inversiones en la
creación y la creación misma. Ahora, cualquier persona de
a pie puede hacer copias de los bienes inmateriales del saber y la información
por sí misma, ya no es necesaria una producción en masa y
centralizada. ¿Cómo se puede, en un contexto tecnológico
tan cambiado, estimular y proteger la creación sin restringir el
libre acceso a los bienes culturales ni dejar fuera de la ley relaciones
sociales tradicionales (como prestar un libro, en el caso de los libros
electrónicos, o grabarle una canción a un vecino, aunque ese
vecino esté a miles de kilómetros de distancia)? Si tenemos
en cuenta que la creación (musical, científica, etc.) se alimenta
de la libre cooperación de los cerebros y de la libre circulación
de las ideas, ¿qué propiedad se defiende entonces endureciendo
viejas leyes pensadas para otros momentos históricos? En esas corrientes
profundas de la vida y la historia sociales, Archipiélago
ha registrado movimientos como el del software libre, el copyleft
y el all rights reversed, que demuestran en la práctica
que la idea de una sociedad que no se sienta criminalizada por compartir
cosas con los vecinos no es incompatible con la creación de bienes
públicos de alta calidad ni con el hecho de que un autor sea remunerado
por su trabajo.
Pero en su viaje submarino, Archipiélago ha comprobado
sobre todo que lo que está en liza aquí es un contencioso
entre dos modelos de sociedad y no simplemente entre distintos modelos técnicos
o morales. Uno de los modelos (nada utópico, ya en marcha) es el
de la cooperación, el reconocimiento de las fuentes anónimas
y colectivas de la creación, la libre circulación de las ideas,
el lazo social enhebrado de valores cívicos y públicos, la
pasión por lo común y lo libre. El otro es el de la guerra
de todos contra todos, la privatización del cerebro colectivo
y sus productos (sean semillas, algoritmos o datos), la criminalización
de los que comparten saberes (estimulando incluso la delación sobre
copias no autorizadas, como hacen Microsoft o Monsanto), el individualismo
calculador que sostiene la idea del “artista individual y propietario”
y las pasiones tristes de la codicia y el miedo.
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